Rienda Viva

Más allá del bozal: ganando la oreja del caballo que no se deja tocar

Más allá del bozal: ganando la oreja del caballo que no se deja tocar

Una mañana de mucha helada en el corral, de esas donde el pasto cruje bajo las botas como si fuera vidrio, me encontré de nuevo frente a frente con un zaino que me tenía la paciencia en un hilo. Cada vez que levantaba el brazo con el cabestro, el pingo me daba la espalda, se iba al fondo del potrero y me dejaba ahí, solo con mi sombra y el vapor que salía de mis propios pulmones. No era maldad, era ese miedo viejo que tienen los animales que aprendieron a defenderse a base de tirones y apuradas.

La realidad del corral frente a la pantalla

Hace unos seis meses, cuando el otoño recién empezaba a pintar de amarillo los álamos de la finca, decidí que iba a intentar algo distinto con este caballo. Había estado mirando unos cursos de esos que te venden por internet sobre el comportamiento equino. Me intrigaba ver cómo la gente de ciudad, con sus métodos pulidos y sus palabras técnicas, explicaba lo que a nosotros nos costó décadas de costalazos entender. Lo llaman 'unirse' o 'clic', pero para el que se crió entre las patas de los animales, siempre fue simplemente ganarse la oreja.

El problema es que en los videos todo parece suceder en diez minutos. El entrenador camina, el caballo lo sigue, y listo. Pero en el corral de casa, con el viento que te chifla en la nuca, la cosa cambia. La frustración de aplicar lo que dicen los cursos online sobre el 'unirse' choca de frente con la realidad de un animal que tiene grabada a fuego la desconfianza. El zaino recordaba cada tirón que le dieron antes de llegar a mis manos, y ninguna técnica de manual iba a borrar eso en una tarde.

Primer plano del ojo de un caballo mostrando su amplio campo visual

Entender el mundo a través de sus ojos

Lo primero que me enseñó la teoría, y que el campo me había mostrado a medias, es que el caballo no ve el mundo como nosotros. Tienen un campo visual del caballo de 350 grados, lo que significa que nos ven casi siempre, incluso cuando pensamos que estamos 'atrás'. Sin embargo, tienen exactamente 2 puntos ciegos: uno justo debajo de la nariz y otro directamente detrás de la grupa. Si uno entra por ahí de golpe, el susto que se pegan es puro instinto de supervivencia.

Durante las primeras tres semanas de mayo, me dediqué a observar cómo se movía ese zaino. Es un animal de presa, y su primera defensa siempre va a ser la huida. Si yo me acercaba con la mentalidad de 'tengo que agarrarlo porque se me va el día', él lo sentía. Los caballos perciben esa tensión. A veces, la psicología equina más allá del bozal no es más que entender que el tiempo del reloj no sirve de nada dentro de un corral de madera.

La técnica del banquito: el poder de no pedir nada

Una tarde de helada en julio, después de un par de meses de avances y retrocesos, decidí cambiar la estrategia. En lugar de entrar con sogas o con el pensamiento de 'trabajar', me llevé un banquito de madera y mi mate. Me senté en el medio del corral, sin mirar al caballo, simplemente habitando su espacio. No quería nada de él, y eso fue lo que más lo confundió.

Aquí es donde entra mi crítica a mucho de lo que se enseña hoy como 'doma natural'. He visto que se abusa del refuerzo positivo, llenando al caballo de golosinas o caricias constantes para que se quede quieto. El problema es que eso puede generar caballos ansiosos y dependientes, animales que no saben qué hacer si no reciben un premio. Se les quita la capacidad de tomar decisiones autónomas. Yo quería que el zaino decidiera acercarse a mí porque se sentía seguro, no porque esperaba una zanahoria. Como mencioné antes en mi artículo sobre la paciencia del paisano y las orejas del potro, el silencio suele ser el mejor maestro.

Emiliano sentado en un banco de madera dentro del corral con un caballo observando

El punto de quiebre y el lenguaje del cuerpo

A finales de agosto, sucedió. Estaba sentado en mi banquito, revisando unos apuntes de un curso de etología que estaba siguiendo, cuando sentí que el zaino rompía su zona de fuga. No hubo presión, no hubo sogas. Fue pura curiosidad. Sentí el olor a pasto seco y el vapor que sale de los ollares del caballo en el aire frío de la mañana justo antes de que me soplara el cuello.

En ese momento, me acordé de lo que dicen sobre la frecuencia cardíaca equina en reposo, que suele andar entre los 28 a 44 latidos por minuto. Sentí que el tiempo se detenía. El caballo empezó a 'mascar', ese movimiento de mandíbula que los etólogos llaman desensibilización sistemática, pero que para mí es simplemente el animal soltando la tensión. Cuando escuché que daba un suspiro largo y profundo, sentí ese alivio en mis propios hombros, como si una carga que llevábamos los dos se hubiera caído al suelo.

Ese es el momento que ningún curso online puede transmitirte del todo: el instante en que el animal deja de verte como una amenaza. No es magia, es haber pasado días simplemente estando ahí, permitiendo que él procesara que mi presencia no significaba trabajo, ni dolor, ni tirones.

Reflexiones de un hombre de campo

A veces me pregunto si no nos estamos complicando demasiado con tantos términos nuevos. Lo que hoy llaman 'refuerzo negativo' (que no es algo malo, sino quitar una presión) es lo que los viejos paisanos hacían cuando aflojaban la rienda justo en el momento en que el caballo cedía. Pero la ciencia me ha ayudado a entender el 'por qué' de las cosas que antes hacía por puro instinto o por haberlo visto en otros.

Hay que tener cuidado, eso sí. No soy veterinario ni tengo títulos colgados en la pared; solo soy un hombre que ha pasado muchas horas mirando caballos. Si un animal se muestra agresivo de repente o no se deja tocar por un dolor evidente, siempre hay que consultar con un profesional de la salud animal antes de pensar que es un problema de conducta. A veces, como escribí en otra ocasión, uno piensa que es mañero cuando en realidad está dolorido.

Detalle de los ollares de un caballo soltando vapor en el aire frío

Al final del día, ganarse la confianza de un caballo desconfiado se trata de ser predecible. El zaino aprendió que yo era el mismo hombre sentado en el banquito, hiciera frío o calor, y que mi mano no iba a subir de golpe. En este camino de aprender entre la teoría digital y el barro del corral, me di cuenta de que lo que aprendí cruzando el campo con la teoría digital este invierno me sirvió para ponerle nombre a mi paciencia, pero no para reemplazarla.

Si tienen un caballo que les da la espalda, prueben soltar el reloj. Dejen el cabestro en el poste, siéntense a tomar un mate y dejen que el animal sea el que decida cuándo se termina la distancia. Es más largo el camino, sí, pero cuando ese caballo les sopla el cuello por primera vez, saben que esa confianza es de verdad y no comprada con un puñado de azúcar.

Artículos relacionados