
Ese alazán joven tenía el cuerpo de piedra. El sol estaba bajando, de esos que te pegan de costado y alargan las sombras sobre la tierra seca, y el animal simplemente no quería dar un paso hacia el rincón del corral. Cualquiera hubiera dicho que era maña, o que el bicho me estaba midiendo el aceite. Pero yo me quedé ahí, apoyado en el poste, sintiendo el olor a pasto seco y sudor de caballo mientras el animal resoplaba cerca de mi nuca, buscando confianza en el hombre que, por una vez, no tenía apuro por moverle el lazo.
Desde mediados del verano pasado hasta este invierno, me propuse algo que los viejos paisanos hacían por instinto pero que yo quería entender con nombre y apellido: sentarme a mirar. No a domar, ni a montar, ni a pedir. Solo a mirar. Fue un proceso de unos ocho meses donde dejé de lado los prejuicios de los años y me puse a comparar lo que veía en los cursos de comportamiento que andan dando vueltas por la red con lo que la tierra me gritaba en la cara.
La anatomía del miedo y el mito de la maña
A finales del verano, me di cuenta de que pasamos la vida pidiéndole cosas a un animal que ve el mundo de una forma que ni nos imaginamos. En uno de esos videos de etología hablaban del rango de visión del caballo, que es de casi 350 grados. Eso significa que el bicho ve casi todo a su alrededor, menos lo que tiene justo en la punta de la nariz y detrás de la cola. La visión del caballo es su principal seguro de vida, y nosotros a veces pretendemos que confíe en nosotros cuando le estamos tapando ese campo visual.

El alazán no se movía porque, con el sol tan bajo, el bebedero de cemento estaba haciendo un reflejo que para él era una amenaza. Yo no lo veía, pero él sí. Me puse a pensar en cuántas veces habré tironeado de más hace años, solo por no saber leer una oreja hacia atrás o un ojo que mostraba el blanco. Uno cree que el caballo es testarudo, pero a veces es solo que su anatomía le está mandando señales de alerta que nosotros ignoramos por puro orgullo de domador.
El lenguaje silencioso de las orejas
Durante las mañanas frías de julio, me dedicaba a observar los 16 músculos que tiene el caballo en cada oreja. Es una maquinaria impresionante. Si te fijás bien, la oreja no solo se mueve hacia donde el bicho escucha, sino hacia donde está poniendo su atención. Esos 16 músculos le permiten una rotación de casi 180 grados de forma independiente. Si una oreja te mira a vos y la otra mira al monte, el caballo está dividido; no está entregado al trabajo.
En el campo decimos que el caballo que 'amaga' con las orejas es peligroso, pero la ciencia lo llama comunicación. Después de un mes de observación constante, empecé a notar que la tensión en el belfo y el parpadeo dicen mucho más que cualquier relincho. Un caballo relajado parpadea, mueve la boca como si estuviera masticando aire. Un caballo que está entrando en un estado de pánico tiene el ojo fijo y la respiración contenida. Diferenciar si es maña o dolor es el primer paso para no romperle el espíritu al animal.

La trampa de la doma natural y la supresión
Acá es donde me pongo un poco seco, como pasto de agosto. Está muy de moda eso de la doma natural, el 'join-up' y los corralitos redondos. He visto a muchos chicos jóvenes seguir estos métodos como si fueran religión. Pero, ojo, que lo que yo he visto en el corral real es que mucha de esa 'doma' no es comunicación, es una forma de supresión psicológica. A veces, lo que parece un caballo que te sigue por amor es un caballo que ha caído en la indefensión aprendida.
Especialmente con caballos de temperamento dominante, esos que tienen sangre y carácter, forzarlos a dar vueltas en un corral redondo hasta que 'se rinden' no es ganar su respeto, es apagarles la luz interior. El bicho aprende que no tiene escapatoria y se entrega, pero por dentro sigue siendo una olla a presión. En mis cursos aprendí que la verdadera doma busca que el caballo elija estar con vos, no que no le quede otra opción. Entre el campo y la pantalla, uno va filtrando qué es respeto genuino y qué es simplemente un animal quebrado por el cansancio.

El ritmo del corazón y la paciencia del viejo
Hace apenas unas semanas, probé algo distinto. En lugar de entrar al corral con la idea de 'hacer algo', simplemente entré a estar. Un caballo adulto en calma tiene una frecuencia cardíaca en reposo de entre 28 a 44 latidos por minuto. Si vos entrás al corral con el pulso a cien porque tuviste un mal día o porque tenés apuro, el caballo lo huele. No es magia, es supervivencia. Sus sentidos están diseñados para detectar el estado de ánimo de un depredador a metros de distancia.
Me senté en un banquito de madera y esperé. Al principio, los caballos se alejaron. Después de un rato, la curiosidad pudo más. El alazán fue el primero en acercarse. No hubo lazo, no hubo espuelas, no hubo gritos. Solo el silencio del campo y el ritmo de su respiración que poco a poco se fue acompasando con la mía. Ahí entendí que la etología no es solo para los libros; es para el que tiene la paciencia de dejar que el caballo sea caballo.

Conclusión: Traducir en lugar de mandar
Al final de la jornada, me doy cuenta de que la doma no es mandar, sino traducir. El campo me dio la intuición de los viejos que sabían cuándo un bicho venía cruzado, pero la ciencia y esos cursos que miro de noche me dieron el mapa para no equivocarme tanto. No soy veterinario ni tengo títulos colgados en la pared, así que si ves que tu caballo tiene un comportamiento extraño que no cede, lo primero es llamar al profesional de la salud animal. Lo que yo te cuento es lo que veo desde la cerca.
La mirada del caballo es un espejo de nuestra propia paciencia. Si no sabés leer el ojo de tu animal, no esperes que él sepa leer tus intenciones. Estos ocho meses de observación me enseñaron que, a veces, para avanzar tres pasos en la doma, primero hay que quedarse quieto tres horas. Podés leer más sobre cómo elegir un curso de comportamiento equino para complementar lo que el animal te enseña cada día en el corral.