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Elegir cercados eléctricos para caballos que rompen las vallas del campo

Elegir cercados eléctricos para caballos que rompen las vallas del campo: seguridad y comportamiento equino en la finca

¿Cuántas tablas hay que clavar antes de aceptar que el problema nunca fue la madera? En la finca que tengo cerca de Jesús María, sobre un camino de tierra que se pone intransitable después de cada tormenta, perdí la cuenta de las veces que salí con el martillo detrás del Colorado, un alazán con más mañas que años, después de encontrarlo pisoteando el huerto de mi mujer. Esa mañana el poste de quebracho que sostenía el alambre estaba partido al medio, como un fósforo, y el bicho masticaba tomate como si tal cosa.

Si usted vive en el campo sabe de lo que hablo. Los fines de semana se van en arreglar tablas que el caballo usa para rascarse o alambres lisos que estira hasta que parecen chicles, todo por un manojo de pasto verde del otro lado. No es maldad del animal, es aburrimiento, o directamente hambre de algo distinto. Después de años peleando a fuerza bruta entendí que el músculo del caballo siempre le va a ganar a la madera, si el animal no decide por su cuenta que empujar no vale la pena — ahí es donde entra un buen cercado eléctrico, aunque no como muro sino como una manera de hablarle en un idioma que entiende.

La madera nunca le gana al aburrimiento de un caballo

Durante un tiempo largo tuve el prejuicio de los paisanos con los que me crié: eso de 'darle corriente' al animal me sonaba a atajo, a flojera. Florentino Cepeda, que tiene el campo pegado al mío y no cambia una costumbre de trabajo por nada que venga de afuera, todavía mueve la cabeza cada vez que pasa cerca del galpón y ve el cable colgado. Para él, un caballo se doma con tiempo y con mano, no con pilas, y en el fondo no le falta razón del todo — ahí está justamente la diferencia entre confiar siempre en la fuerza de toda la vida y apostar a que el animal entienda solo dónde está el límite, que es lo que un cerco bien puesto termina logrando sin gastar ni la fuerza ni la paciencia de antes.

Antes de llegar a esto probé de todo, incluso pagarle a un domador de la zona que aseguraba resultados en un solo día. Vino, hizo su numerito con el Colorado, cobró y se fue, y a la semana el bicho estaba otra vez metido entre los tomates como si no hubiera pasado nada. Ahí entendí que el atajo rápido casi nunca dura, sea con un domador de apuro o con un electrificador comprado sin pensar.

poste de quebracho astillado por un caballo destructivo en un corral de campo

Voltaje, energía y el resto de la letra chica

No hace falta ser ingeniero, pero conviene entender un par de cosas antes de comprar el aparato — o 'boyero', como le decimos por acá — para no tirar la plata. Alcanza con saber que necesita entregar corriente suficiente para que el Colorado la sienta bien a través del pelo grueso del invierno, ni tan poco que la tome como cosquilleo, ni tan fuerte que lo mande a correr. Después está lo que realmente pica, que se mide en Joules, y ahí ya entro en terreno de electricista, así que prefiero no aventurar números que no domino a fondo.

Lo que sí puedo decir, porque lo viví con el propio Colorado, es que el golpe llega con un respiro entre pulso y pulso, pensado para que el animal se pueda soltar solo de la valla en lugar de quedar pegado. Esa pausa es la misma lógica de presión y alivio que después vi mejor explicada en algún curso: la presión avisa, el alivio premia, y el animal aprende de ahí más rápido que de un castigo continuo.

¿Por qué el color de la cinta importa más que el grosor del alambre?

Uno de los errores que cometí al principio fue usar alambre fino, de esos que casi no se ven. El ojo del caballo no agarra los detalles finos igual que el nuestro, pero el contraste sí lo nota bien, y un animal que no distingue dónde termina el mundo y empieza la corriente se termina llevando la valla puesta sin querer.

Por eso ahora prefiero las cintas blancas o azules. Contra el verde del campo o el marrón de la tierra seca, una cinta blanca de un par de centímetros se ve a la legua, y hasta en una mañana de niebla cerrada sigue marcando el límite. Si el bicho puede ver dónde está la línea, tiene la oportunidad de elegir no cruzarla, y esa elección es justamente lo que uno busca — no un animal asustado, sino uno que decide.

cinta blanca de alta visibilidad para cercado eléctrico y manejo de pasturas

El problema casi nunca es el aparato, es la tierra

Si usted instala un boyero y los caballos se le ríen en la cara, antes de reclamarle al que se lo vendió, revise el suelo. La mayoría de las veces que un cercado eléctrico no pica como debería, la culpa no es del aparato sino de una toma de tierra floja. A mí me pasaba en pleno invierno seco, cuando la tierra de por acá se pone dura como ladrillo y el circuito no cerraba por ningún lado — hace también a la seguridad en el campo, tanto la del caballo como la mía, que esa parte esté bien resuelta.

No soy electricista y siempre digo que si usted no se siente cómodo armando esto, consulte a alguien que sepa. Yo aprendí a los golpes: puse tres jabalinas de cobre bien profundas, separadas entre sí, en un lugar donde siempre queda algo de humedad. Desde ese día, el chasquido seco del electrificador rompiendo el silencio antes de que amanezca me da una tranquilidad que no tiene precio — esa señal constante me dice que hoy no voy a andar persiguiendo caballos por el camino.

Más miedo no es más respeto en el comportamiento equino

Aumentar el voltaje no ablanda a un caballo destructivo. Al contrario, un golpe demasiado fuerte lo asusta y lo hace saltar o embestir la valla en pánico, igual que pasa cuando a un caballo con problemas de boca se le prueba un freno cada vez más severo en lugar de buscar el que corresponde a su problema real. Un caballo asustado no piensa, solo corre, y si corre hacia el alambrado va a terminar enredado. Ahí también se nota la diferencia entre desensibilizar de a poco y directamente inundar al animal de estímulo: un cerco que dosifica el golpe enseña, uno que lo abruma con voltaje de más solo asusta.

El objetivo es que el animal entienda que la valla es un límite firme pero tranquilo, no que le tenga terror. A veces el problema no es el cerco en sí sino el estado mental del caballo — si está ansioso por la comida o le quedaron resabios de una mala doma anterior, va a intentar escapar de cualquier manera. Por eso sigo pensando que conviene invertir en entrenamiento de comportamiento equino frente a equipo costoso antes de gastar en el electrificador más caro del negocio: un caballo que sabe estar tranquilo en su lugar no necesita demasiado voltaje pasándole cerca de las orejas.

jabalina de cobre para la toma de tierra de un electrificador rural

De los cursos de comportamiento que sigo por internet, más por curiosidad que por necesidad, saqué más de una idea que después probé en el corral, aunque no cualquiera de esos cursos enseña bien cómo se aplica a un caso real — elegir uno bueno tiene sus propios criterios y no es tema para hoy. Una lectora de La Rioja, Indalecia Gorosito, que cría criollos desde chica y tiene ojo clínico para el comportamiento, me escribió una vez para contarme que sus caballos no reaccionaban ni parecido a como describía el instructor de un curso que yo había reseñado, y por lo que me explicó, no dudo que tenía razón: cada animal es un mundo distinto, y ningún video lo sabe de antemano.

Cuando el Colorado sintió el primer chispazo, uno que no era precisamente flojo pero tampoco de esos que tumban un elefante, pegó un bufido y retrocedió unos pasos. Se quedó mirando la cinta blanca un buen rato, moviendo las orejas. No salió disparado; simplemente registró que ese color picaba, y eso ya fue una lección de humildad para los dos. Ese gesto — la oreja que gira, el bufido corto, el retroceso sin pánico — es la misma lectura de lenguaje corporal que después me sirve para saber si un caballo que voy a comprar ya viene con la cabeza bien plantada, mucho antes de subirme encima.

Manejo de pasturas, ansiedad y límites que se mueven

A veces los caballos rompen todo porque están aburridos o tienen hambre. Si tiene uno que se pasa el día pegado al alambrado, fíjese si no se le termina el pasto demasiado rápido. Empecé a combinar el boyero con redes de forraje, y si le interesa puede leer sobre cómo elegir comederos lentos para caballos con ansiedad por comida, que a mí me ayudó bastante a que no anduvieran tan pendientes de lo que hay afuera del corral.

En el fondo de la finca tengo también un redondel de piso de tierra bien pisada, a cielo abierto, sin alambrado alto alrededor ni un cable de luz que llegue hasta ahí, que uso para otra cosa muy distinta: no se trata de que el caballo aprenda solo a respetar un límite, sino de tenerlo cerca en un espacio chico donde puedo leer cada gesto suyo. Un caballo que ya viene estresado de un viaje largo en el remolque tampoco perdona un cerco que grita en vez de avisar con claridad, y si alguna vez va a comprar un caballo para el trabajo pesado del campo, fíjese cómo se porta cerca de un alambre viejo — dice más de su temperamento que la boca o las patas, aunque ese es un capítulo aparte.

El boyero eléctrico también sirve para el pastoreo rotativo: uno mueve el límite cada tanto sin tener que cavar pozos para postes nuevos, y eso mantiene al caballo entretenido con pasto fresco mientras el perímetro es siempre una novedad que respeta. Un caballo prueba límites porque así funciona la dinámica de manada de la que viene — el que manda controla el espacio, y un cerco que habla claro le da a uno ese lugar sin pelearlo a las trompadas.

¿Qué fue lo que Florentino notó sin que yo se lo pidiera?

Algo que noté recién pasadas unas diez semanas de tener el cerco funcionando bien fue un comentario de Florentino, apoyado en el alambre viejo que él mismo me ayudó a remendar con hebillas hace años: me dijo que hacía rato no veía al Colorado tirar esas patadas nerviosas contra las tablas del corral cada vez que algo lo inquietaba del otro lado. Yo ni lo había registrado, de tan de a poco que había pasado, pero tenía razón — el bicho se había acomodado.

Saber que el animal está seguro, que no se va a enredar con un alambre de púas — que para mí deberían estar prohibidos para caballos — y que no va a terminar en la ruta, me saca un peso de encima cada mañana que no hay ninguna tabla rota para clavar antes de empezar el día. Uno ya está viejo para andar peleando a los tirones con los bichos; la paciencia y un equipo bien elegido hacen el trabajo que antes hacíamos a puro lomo.

caballo criollo respetando el límite de un cercado eléctrico bien instalado

Reflexión final del campo

Un cercado eléctrico no es una herramienta de castigo, sino de libertad, aunque suene raro dicho así. Un caballo que respeta su perímetro vive más tranquilo, suelto en un potrero más grande, sin el riesgo de lastimarse contra vallas rígidas que no ceden. Esto no reemplaza la mano del hombre ni el tiempo que uno le dedica al animal — si el suyo está muy rebelde, capaz le sirve mirar algunas soluciones para caballos que no se dejan agarrar en el potrero, porque a veces la valla es apenas el síntoma de una confianza que nunca terminó de construirse.

Mire bien lo que compra, cuide la toma de tierra como si fuera sagrada y no se pase de rosca con la potencia — el respeto se gana con coherencia, no con sustos. Si un día el equipo deja de picar, no se enoje con el caballo: lo más probable es que se haya secado el pozo de la jabalina o que una rama esté tocando el hilo. Si hay una sola cosa que me llevo de todo esto, es que dejé de preguntarme cómo impedir que el caballo escape y empecé a preguntarme qué le faltaba para no querer hacerlo — esa vuelta de tuerca vale más que cualquier voltaje.

Recuerde que yo soy solo un paisano que cuenta lo que le pasó entre los corrales. No soy veterinario ni electricista matriculado. Si tiene un caballo con comportamientos peligrosos o una instalación eléctrica compleja, no ande experimentando solo; llame a un profesional que para eso estudiaron.

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